LA REJA Y EL ARADO

 

Cuando descubro la vida de los hombres me siento disparado, disparado hacia una huída incesante. Los veo enredados en la aceptación cotidiana de las cosas como en un mundo de máscaras que me es ajeno . Encuentro mi existencia a contrapunto de lo vulgar en un afán irreprimible hacia la sinceridad total. Nada tengo de esas verdades concretas de que la vida en torno mío se nutre.

 

Quisiera que me tallasen de una pieza verdades como puños. No pretendo combatir nada, pero me urge con violencia irresistible definirme enfrente como algo distinto. No pretendo valorar, comparar posturas: busco, por necesidad ineludible, afirmarme. Es tal la inestabilidad que me produce el contacto de los hombres, que tengo que palparme nerviosamente y auscultar mi más profunda esencia en la raíz que me sustenta.

 

Lo que pueda parecer simple postura al observador superficial, una pose como otra cualquiera, es un alma arrancada de cuajo. No es un matiz, es el sufrimiento entero y macizo del ser que soy. Nada de lo que digo podrá entender quien no sienta en su piel el viento helado de la angustia. Cuesta dolor, ciertamente, el estar hecho de distinta manera y vivir en el vértigo ante el abismo de lo distinto.

 

Aquí es de donde arranca mi obra. En la tierra inestable que piso, ella es una referencia sólida. Pretendo concebirla en el equilibrio y la serenidad.

 

La sitúo en el paisaje infinito, como el árbol o la piedra. En esta similitud, mi obra no es un gesto sino una presencia. Se engaña quien piense que, por caminos de exquisiteces, voy a la evasión. Por eso ella persigue la simplicidad, carente de adherencias y elementos postizos. Intenta fluir en el espacio creciendo desde dentro. Es orgánica en sus formas.

 

No se desarrolla por aditamentos. Simplemente se muestra así, como es, por necesidad e ímpetu interno. En suma: con un mínimum de materia aspira a un máximum de espacio.


En su inspiración está vinculada a unas formas de utillaje necesarias y modestas, que nada tienen que ver con una función decorativa.

 

Mi escultura está más cerca de la herramienta en sus fuentes. Se hermana perfectamente con el arado o la reja. Lo que estos instrumentos populares tienen de prolongación humana, pudiera tenerlo mi obra. Ellos empalman al hombre con la tierra en una tarea armoniosa y necesaria. También ella -la escultura- se empalma con el espíritu humano en su más radical dimensión, la del utillaje.

 

La exquisitez o la superfluidad del bodegón no pueden brindarle ningún paralelismo. Decididamente, reclama un puesto aparte de toda consideración frívola. El puesto de la proximidad humana. No me inquieta que a mis esculturas las califiquen de objetos. Están en la línea de lo útil, elevado a símbolo.


Yo las he buscado en el pueblo.

 

 

Duque de Sevilla, 14.
Madrid

Martín Chirino 
 

 

 

 

MEMORIA
 

La espiral, gesto inquietante de origen oscuro, referente mítico que emerge de la memoria de civilizaciones, hoy olvidadas, para convertirse en enseña de la antigua patria de estos pueblos y razas, quedando como legado misterioso para la interpretación y conocimiento de su historia.


Espiral que desde la oscuridad de tiempos imprecisos asume también una  presencia formal y continua en el proceso de trabajo de mi escultura, obra escultórica  que se instala en la modernidad -menos es más- tesis que hago mía en este caso y me esfuerzo para que dentro de su elementalidad, esta escultura alcance niveles de expresión y de expansión hasta generar la Espiral del Viento, forma cerrada y poderosa de la fuerza muscular que le dio origen, hierro del herrero  fabulador que quiere acercarse al misterio de la creación.


La magia de la Espiral del Viento, hallazgo de mis ancestros, surge inscrita en la dureza de la roca basáltica del Julan, Teneguía o la Zarcita... como herencia viva para la complicada y difícil interpretación de una patria.


Espiral de hierro cerrada en su punto de partida, que se extiende y planea para que esta materia sugiera la simulación de levedad y ligereza a la que aspiran algunas de mis obras

 

Martín Chirino
 

 

 

HISTORIA DE UN NIÑO QUE QUERÍA MOVER EL HORIZONTE


Cuando miro hacia atrás en el tiempo creo que mi historia es la de un niño solitario que emprende el camino y sigue hasta el final, por los difíciles y complejos caminos del arte. Aún a pesar de mi edad y desde la atalaya del tiempo, me resulta fácil recordar con que fascinación admiraba la magnitud de los cascos de hierro de los barcos varados en los astilleros del puerto de la Luz en donde trabajaba mi padre. En este entorno nací y crecí para soñar caminos en los largos días de mi infancia. Aún recuerdo el mismo escenario donde contemplaba obsesivamente el boquete , lugar por donde el mar se metía y saltaba con fuerza, desplazándose como una ameba. Me decían que era peligroso pero no podía evitar la atracción que sentía al contemplar la espuma del mar escapándose y dibujando formas muy atractivas sobre la superficie.

 

Niño curioso, un tanto surreal, que vivía en una permanente situación de ensueño a la que procuraba agarrarse para trascender las fronteras de la isla.. Me reconcilio con aquel niño tumbado en la arena de la playa mirando fijamente el horizonte, a la espera de que este se moviera y hoy me doy cuenta de que la interpretación de toda mi obra tiene momentos reconocibles en la historia del hombre que soño de niño que el horizonte podía desplazarse y que ya de mayor, octogenario, cree que casi ha conseguido el sueño de ese movimiento.

 

Nada es gratuito. Suelen preguntarme por el punto de partida, por los orígenes de mi trabajo, e inevitablemente , tengo que trasladarme al escenario de mi infancia enlos años treinta, en una pequeña ciudad en medio del mar Las Palmas donde una sociedad rural y una pequeña burguesía se esforzaban en la monotonía de lo cotidiano esperando la llegada de los buques al puerto; un mundo lento donde se percibía el sabor de un precario bienestar que se asociaba a cierta influencia británica.

 

En este lugar viviendo a caballo entre culturas y añoranza del mito se desarrolla el principio de mi obra, mirando y aprendiendo del entorno y a la vez añorando otros mundos.

 

Cuando me piden que reflexione sobre mis raíces, tengo que insistir una y otra vez en mis primeras experiencias y visitas al Museo Antropológico de Las Palmas, al Museo Canario como lo llamábamos, y que la experiencia nos llevaba a hablar de lo canario, en la actitud del isleño y de su sicología tan especial marcada por el cruce en tre Europa e Hispanoamérica, destino de tantos familiares cercanos, camino de ida y vuelta que nos hace interpretar, ver y ocupar el mundo de manera diferente.

 

De todo este cúmulo de cosas deviene mi vocación entre el amor y el rechazo, entre mis anhelos y frustraciones. Es justo qu en este momento agradezca el alimento terrestre que me llegaba de los hombres de Gaceta del Arte; hombres que hablaban de Canarias y el universo. Después de la guerra civil conocí a algunos de ellos en las islas, a Pedro García Cabrera, a Domingo Pérez Minik, a Eduardo Westerdahl a quien recuerdo con especial gratitud. Me maravillaba que estos grandes intelectuales y artistas apasionados por el mundo moderno, hubieran hecho posible el viaje del grupo surrealista de París a las islas que marcó sin duda un momento histórico para la cultura canaria.

Si tuviera que autorretratarme recurriría, sin duda, a la imagen de un ser errante, de un hombre que desde muy joven sentía la necesidad de marcharse de las islas y que se va a Inglaterra y a París con el asombro como principal equipaje, dispuesto a dejarse sorprender por los hechos y así acumular experiencia y saciar su apetito de conocimiento sin más ayuda que la de un principio estoico que nunca me ha abandonado y que me ata a la tierra de la que procedo, tierra de naturaleza fuerte, resistente y un tanto precaria.

 

Menos es más será el leitmotiv toda mi vida, y si bien mi preocupación por mi procedencia canaria y mi investigación sobre los orígenes fue real, también es cierto que está en mí la condición del artista y la del hombre que se preocupa y apasiona por lo contemporáneo de acuerdo con su tiempo.

 

Tal vez aquí deberíamos situarnos para contemplar la retrospectiva de mi quehacer artístico como escultor, trabajo que arranca con una composición en hierro de 1955, atras ya mis primeras esculturas las reinas negras una serie de reflexión sobre la cercanía de continente africano, sabiendo ya que los grandes maestros de la escuela de París miraban con los ojos muy abiertos al continente que cosideraban de la esperanza y lo nuevo; trabajo que parte de la aceptación y asunción del arte en boga pero sin renunciar a investigar en las raices. Este fue el principio y ahora en la distancia intentaré analizar las circunstancias, las influencias y momentos clave que han ido marcado mi trayectoria de escultor.

 

Hagamos un alto el camino, París principios de los cincuenta, donde por primera vez conozco la obra de Julio González que me impactó con violencia y me enfrentó a la tradición española del hierro forjado. Conocía una anécdota muy interesante sobre Julio González y Pablo Gargallo, compañeros de generación, que solían pasear por la Barcelona de principios del siglo XX para observar y admirar el hierro forjado por Juyol para las casas de Gaudí y que a ellos ya les parecía la materia para la nueva escultura del siglo XX.

 

De nuevo vuelve a mi mente el mundo de los astilleros. Ahora consciente ya de la destreza que tenía en las manos y convencido de que quería ser un escultor del hierro, despés de cursar estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, empiezo a aprender el oficio de la forja del hierro.

 

En este recorrido estará siempre Julio González, pero también Malevitch, Mondrián, El Lissitzky, etc, los costructivistas que fueron para mí los padres sagrados a los que veneraba por su manera de entender e interpretar el espacio. Fueron influencias importantes como también lo fue, indudablemente, la experiencia de El Paso, grupo al que me incorporé en el año 1958 tras mi exposición en el Ateneo de Madrid Los hierros de Martín Chirino .

Todo era nuevo, las esculturas salían de mi primera forja en Cuenca. En nuestro país ya se había instalado una especie de locura, o al menos así lo veía el mundo establecido, gente del Regimen observaban a los nuevos artistas con cierta preocupación, frente a otro sector social, que con deseos de ponerse al día nos alentaba.
Muchas veces me pregunto cómo en aquella época tan oscura y cerrada fue posible que se hiciesen exposiciones de arte contemporáneo rabioso, cómo fue posible este hecho insólito donde la crítica apenas existía y donde Picasso era considerado un maldito. Pero ahí estaba mi generación, llena de juventud y deseos exponiendo en medio del desconcierto ¿se ablandaron las estructuras o es que nuestro entusiasmo nos hacía fuertes? siempre que me hago esta pregunta llego a la conclusión de que estábamos en una coyuntura muy especial y que el arte contemporáneo que vivía su esplendor en París y que ya había sido absorbido por América, tenía necesariamente que penetrar en España y poner en marcha la deseada revolución cultural característica de los últimos tiempos de siglo XX.

 

La España de entonces era un país pobre, de escasez y chatarreros, en el Rastro madrileño adquiría material de derribo para mis trabajos, creados pese a la circunstancia en libertad, sin prejuicio alguno, hacía aquello que quería, esculturas que reptaban por el suelo en las que se apreciaba ya cierto organicismo, otras colgadas, buscando la elevación, la sublimación del momento, esculturas deudoras en realidad de la búsqueda de un sueño del movimiento del horizonte que arrancaba desde mi infancia.

 

Años sesenta, El Paso y su gestión nos pone en contacto con un grupo de artistas que trabajaban y creaban en la misma onda y que ponían en cuestión el arte y su tiempo - diálogo y confrontación de ideas que nos obligaba a llevar la obra por los complicados y nuevos derroteros del arte contemporáneo pero también ayudádonos a desbrozar el camino y así reafirmar la nueva realidad artística- y como consecuencia escribi en la revista Papeles de Son Armadans: No pretendo combatir nada, pero urge con violencia irresistible definirme enfrente, como algo distinto. No pretendo valorar, comparar posturas: busco por necesidad ineludible afirmarme.

 

En el año sesenta y dos y ya disuelto El Paso, en una exposición conjunta Saura - Chirino en la Galería Biosca de Madrid, expongo una escultura que responde a la serie de los Inquisidores trabajo que sutilmente reflejaba una preocupación de orden político, no acorde con el momento, y que, como tal, no fue bien acogida por los responsables de cultura del regimen, hasta el punto que la muestra tuvo que ser clausurada antes de tiempo por problemas de planificación.

 

Cercanas en el tiempo están mis Herramientas poéticas e inútiles que giran en torno a la idea de la inutilidad de expresarse, en aquél mundo dominado por el miedo en el que toda apariencia resultaba peligrosa.

El Afrocán aparece en los años setenta. Se costruye la España de las autonomías y se empezaba a hablar de las identidades. Sentí que pertenecer a un lugar era reafirmar mis raíces y recuperar una historia, para mi pueblo tal vez. La latitud del archipiélago me hace sentir la cercanía del arte africano.


En el Afrocán se adivina la imagen de las máscaras africanas, por las que sentía gran admiración y que con la espiral canaria como base me adentra en una nueva escultura diferente y no de fácil interpretación.

Sin duda cada uno de mis momentos de creación escultórica tienen relación con la circunstancia que me ha tocado vivir, hallazgos y descubrimientos que son tal vez revelaciones que orientan el camino. Así la espiral apareció un día y se implantó con fuerza en toda mi obra y que persiste como muestra de una coherencia de una trayectoria marcada de principio a fin por las raíces de mis orígenes. Aún recuerdo el momento en que el hierro entre mis manos gira y vuelve a girar sobre sí mismo para dar origen a la espiral, que ya estaba en mi mente como alegoría del viento. Por entonces en mi proceso de trabajo ya habia absorbido la racionalidad de la mitad del siglo, pero dándome cuenta que nunca debería perder la sobriedad y sencillez necesaria para que esta obra mía sea bien interpretada.

 

Y de las espirales a los Aeróvoros. Surgieron cuando la lección de Julio González dibujar el espacio se me hizo evidente llevándome a crear obras ligeras de peso que parecen levitar. La espiral de hierro, material que se había vuelto muy denso en su trayectoria se abre para flotar en los Aeróvoros, como el horizonte distorsionado del sueño que siempre he perseguido.

 

Nada es gratuito. Vida y obra discurren en paralelo. De nuevo en la misma década decido vivir y trabajar en los Estados Unidos donde mi obra fue adquiriendo complejidad, entrando en contacto con los nuevos discursos del arte actual, mientras en España el régimen se iba suavizando y el país empezaba a asumir una cierta apertura. En este ejercicio de reavivar la memoria, avanzo hasta el año 1978, una fecha clave para la historia de nuestro país con la llegada de la democracia. Tengo que confesar que fue para mi el inicio de una nueva etapa en la que empecé a despreocuparme de la presión de los grupos, de la opinión de los otros, moviéndome y creando en una especie de éxtasis, consciente de decir lo que quería y decirlo con toda libertad.

 

Me asombra haber vivido tanto como para poder relatar hasta que punto fue importante para mí darme cuenta de que ya no estaba supeditado a nadie ni a nada, que mi conciencia se había liberado y transformado, propiciando un nuevo giro en mi pensamiento y por lo tanto en la ejecución de la obra hacia parámetros de mayor libertad.

 

Obras como La Morateña que pertenece a la serie Crónica del Siglo XX es una reflexión sobre el arte moderno alrededor de aquellos escultores que había sacralizado durante mi trayectoria, artistas como Julio González, Pablo Gargallo, Juan Gris o Brancusi, nombres que no se pueden obviar por la belleza sublime de toda su obra. Me acerqué a todos ellos a través de mi trabajo, queriendo desentrañar el mensaje de su obra.

 

Menos es más sigue siendo mi máxima - si yo pudiera hacer que la materia desapaqreciera para poder definir aquello que quiero sin sus recursos....-

 

Constante reflexión sobre este imposible, el hierro y su presencia, material duro y hermoso que ademas lleva consigo el alma de todos herreros del mundo, el peso de la tradición de toda una mitología, buscando la manera de que cada vez importe menos la ejecución en favor del espacio, de la nada. En mi obra nunca he renunciado a lo sublime. Toda ella esta recorrida por un hambre de belleza, por una persistencia estoica y por una fuerte identidad que me ha ido acercando cada vez mas a los orígenes.

 

Todas estas afirmaciones se ven el la pieza que cierra el dicurso de mi obra hasta el momento en que escribo estas líneas - Arbol de Luz y Sombra en homenaje a Manuel Padorno- quién me conto que un día cargado de hermosura él había visto un árbol de luz. escribió un poema muy bello sobre este árbol y de común acuerdo decidí recrearlo en una escultura con su luz pero también con sus sombras..

 

Tiempo y espacio. Soy cada vez más consciente de lo que ocurre hoy no volverá a suceder mañana de la misma manera, me agarro a ello sin rebelarme, creyendo que todo lo que me ocurre, tal vez, es lo mejor que me puede ocurrir en el camino emprendido por aquel niño absoto ante la fuerza del mar, tumbado y soñando que tal vez un día el horizonte se movería un poco.

 

 

Martín Chirino 

 

 

 

 

 

Aquí es donde arranca mi obra. En la tierra inestable que piso, ella es una referencia sólida. Pretendo concebirla en el equilibrio y la serenidad. La sitúo en el paisaje infinito, como el árbol o la piedra. En esta similitud mi obra no es un gesto, sino una presencia. (1992)

 

Mi escultura está más cerca de la herramienta en sus fuentes, se hermana perfectamente con el arado y la reja.

Empiezo a entender que lo que yo tengo que hacer es desandar el camino, deshacer, a través de lo que sé, volver a entender ese origen.

 

Yo me he sentido objeto de canibalismo por parte de algunos elementos de la élite que no perdonan la proyección en el exterior. Por fortuna se han mitigado esos modales de crudeza, en general, pero ciertos elementos del mundo intelectual persisten en posiciones cutres y brutales.


Atravesamos ahora un momento de desconcierto entre un sentir nacionalista y a la vez cosmopolita en la sociedad canaria que no se corresponde con la máscara nacionalista de nuestras élites. La ínsula sigue siendo un martirio en un puesto de mi responsabilidad, pues a causa del provincianismo se entorpecen los esfuerzos por introducir a CAAM en la órbita nacional e internacional. No pierdo las esperanzas de que las cosas cambien con las nuevas generaciones. Pero, de momento, el canibalismo crudo no ha hecho sino convertirse en un cainismo solapado, de arrojar la piedra y esconder la mano. Hoy por hoy, parafraseando a Sartre, sigo sintiendo que en Canarias mi infierno son aquellos otros que continúan aplicando la vieja técnica de la mezquindad, la rebaja contra todo el reconocimiento de los frutos.

(Tiempo, 14/11/94)

 

 

 

Cuando me plantean la ejecución de una escultura de carácter público, me voy al lugar del emplazamiento y realizo durante varios días, unos estudios de los cuales me van surgiendo las ideas y las valoraciones más idóneas para la obra y el medio. El lugar, en este caso, es junto al mar, y éste entraña una profunda poética para el artista. He sido criado junto al mar, y me genera un particular sentimiento. La naturaleza, además tiene en su esencia un fuerte significado para mí. Pensaba en principio en una obra que fuera acorde con el entorno, y para ello imaginé una Afrodita muy blanca, que estableciera una dialéctica armonizante con el dinamismo marino y su potente azulado ultramar, obra que a su vez tuviera una relación directa con las esculturas mediterráneas, inspiradas en el arte del Partenón. Soy un escultor que vive el proceso historicista y estoy encantado en la historia, y mi obra es una influencia del arte etrusco y helénico. 

(Diario de Las Palmas 30/11/96).


Fundamentalmente soy un herrero, me gusta el oficio de labrar el hierro. Cuando la luz del fuego se mete en las entrañas de este metal y lo ilumina se crea una extraña poética. Yo no soy de los escultores que diseñan, más bien me considero un artista chapado a la antigua. Si fuera pintor seguiría trabajando con paleta y pincel. La tecnología te permite ir más rápido, pero no te permite reflexionar.
(El Mundo 2/11/98)